9 jul. 2011

LAS DOS FRIDAS


Siento esta pintura muy dentro. Al igual que Tú, Querida Frida, yacen en mi dos.

- Tan sólo dos?, inquiere ConCiencia.
- Cuatro, cinco, seis, ocho, diez y más, replica Interior

- Contengo multitudes!, versó Walt Whitman, asomado entre las nubes abrazadas a su inmensa barba blanca, ahora gris.

Serena, la voz del poeta llegó a mis oídos envuelta en húmedo sopor. Flotando entre la niebla. Gotas de agua resbalan por las sienes, mojada la nuca besada hasta el extasis. Tus manos acariciando con ternura y deseo mi adormecido cuerpo.

- Quieres que siga leyendo? pregunta Diego.

Un sí musitado, mientras dentro, muy dentro, la sensación de estar perdiendo la vida en ese hilo de voz. Tu voz sonando cada vez más lejana y placentera. Así fue como sentí la llegada. Ascendí entre las nubes contemplando al poeta. Tú continuabas leyendo con esa voz que calma a demonios y truenos. No se ha dado cuenta, pensaba ese otro yo que se iba, dejándome abandonada en la cama, mientras me despedía con un Te amo hasta el infinito y mucho más. En ese espacio volé. Frida tomaba mi mano. Ometeotl! gritó el Gran Espiritu.

Danzando entre las nubes volví a comtemplarte sentado al borde de la cama. Mi cuerpo tendido en cAlma, mi Alma volando en el Firmamento. He muerto! Al instante volví a la vida y tú me regalaste el placer de contemplar tu hermosa sonrisa y el color de tus ojos verdes.

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